t . cos (ALFA)

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Por: Igor Collazos

Santiago: llegó el último día. El reto está planteado. Debemos describir cómo serán nuestras vidas de aquí a treinta años. No suelo plantearme esos asuntos porque, como sabrás, la vida da muchas vueltas. Pero en este mundial de escritura eres el capo y no quiero dejar en la estacada a mis compañeros, así que lo acepto: voy a responder.

No creas que no lo atrapé al vuelo: me estás tentando, Santiago, me estás tentando a anticipar el futuro, a imaginar que de aquí a cinco años los chinos se lanzan a fondo, terminan de construir su computador cuántico, lo activan e implementan una tabla de verdad que admite x = ~x y se impone una paradoja que al instante se extiende a la totalidad de lo real. Y ahí todo se va al garete, pues se abre un portal que libera al universo del devenir lineal. A partir de entonces, en vez de tomar decisiones, ante cada disyuntiva me desdoblo. Dejo de elegir entre café o chocolate y me los tomo los dos bien calientes, al mismo tiempo y sin quemarme. Ya no elegiré entre programar, escribir, ser artista gráfico y hasta gigoló y abuelito, sino que lo hago todo al mismo tiempo, tranquilo y sin despeinarme. ¡Ah! y ya no tengo que quedarme con la rubia hasta que la muerte nos separe, sino también con la negra, en la misma cama o en dos camas, o en la cama y el sofá o en el sofá y la mesa. Ahí te lo dejo.

Me estas tentando porque, como habrás adivinado, puesto en estas me obsesiono con prever todas las jugadas. Deja de aparentar: ambos sabemos que en la escritura la primera movida es siempre la última. Por eso en el video, como quien no quiere la cosa, dejaste colar la clave del asunto: “…o llevarlo más por el lado de la ciencia ficción”.

¡Ja!

Te delataste, Santiago. Lo supe al instante: que vienes del futuro, que te enviaron a organizar el mundial, a entusiasmar a la gente y ponerles un ejercicio inocente cada día, a distraerles con las tablas de posiciones y el diseño gráfico renovado y en el momento menos esperado, ¡zas! la trampa. Sólo debías estar atento a ver quién caía en ella, describía la máquina, ganaba el concurso y cobraba fama mundial. Luego los chinos se enteraban del premio, leían el cuento, se inspiraban en él y cinco años más tarde concluían el computador cuántico que al encenderse creaba la paradoja que te permitía venir del futuro a poner esa misma trampa. Santiago querido, de hombre a hombre, ¿a quién engañas? Esa trama se conoce desde tiempos de Terminator.

Santiago querido, de hombre a hombre, ¿a quién engañas? Esa trama se conoce desde tiempos de Terminator.

t.cos(α)

No pienso caer en tu juego, pero si damos por cierta esa premisa, por fuerza tenemos que admitirlo: los chinos ya resolvieron el problema. Sea. No tengo pruebas — vivo en el presente — pero abunda la evidencia circunstancial.

Ante todo este mismo texto. Atorado en la relectura noto que después de casi 3000 caracteres — con espacios — todavía no comienzo a describir mi vida del futuro. Podrás decir: “Igor, escribe cualquier cosa. ¡Sal del paso y cumple!”. Podría sentarme con una taza de café, poner algo de música, buscar en internet un par de artículos anodinos sobre el futuro de los empleos en línea y sacar adelante una anestesiada estampa de casa en la montaña, gato blanco y negro, carro volador y bisnietos. Y sin embargo, aunque suene a contrasentido, casi puedo ver mi propio punto ciego.

Santiago, ésta es la hipótesis: supón por un momento que escribir sobre el futuro, no comporta para mí un inocuo ejercicio de la imaginación, sino más bien el punzante esfuerzo de desgarrar el olvido. Supón que al término de la escritura, quizás sin que yo mismo sepa cómo, bosquejo lo esencial de una tecnología capaz de torcer la línea del destino. Supón que el tiempo no se desenvuelve en una sola dimensión, sino es capaz de desplegarse sobre el intrincado tejido de las posibilidades. Supón que la lógica cuántica no atañe a una borrosa nube estocástica, sino más bien a un desplazamiento de la línea del tiempo en su superficie de despliegue. Supón que podemos describir esa alteración como una curva, un giro en el plano a una tasa constante de variación. Supón que encontramos una fórmula para describir el modo como el sujeto siente que viaja en su dimensión al futuro — a su futuro — , cuando para el resto del universo sólo se está desviando hacia un lado. Supón que el giro comienza casi imperceptible, pero a medida que avanza, se acentúa hasta alcanzar un punto, donde el tiempo parece detenerse y se produce un estampido, tal como cuando el misil supera la barrera del sonido. Y de ahí en más, el retroceso.

Supón que esa fórmula es tan sencilla como t * cos(α), donde t es el recorrido en el tiempo y α es el ángulo de giro. Supón que por pequeño que sea α, si se mantiene constante, la experiencia del sujeto va girando en una progresión que hace de su destino su pasado. El sujeto viviría en la permanente sensación de ir hacia adelante, cuando sólo repite ciclos. En ese caso imaginar el futuro equivaldría a abrir los ojos al recuerdo. Pero el punto ciego no me deja, Santiago. Tú, que vienes de allá, sólo dime ¿qué hice tan grave en el futuro que no logro recordarlo?

Apenas hace una hora, una llamada telefónica me reveló un súbito incremento de α. Una palabra inesperada y el quiebre de una voz despertaron de nuevo en mí la sensación de que, tal como pensé años atrás, quizás sí pueda volver al pasado. La trayectoria se dibuja ante mí, nítida en su geometría pero borrosa en su contenido. Apenas alcanzo a recoger indicios, pistas fragmentarias de un modo de actuar recurrente, que explicaría esta ilusión de permanencia y esta sensación de que, en treinta años, estaré de nuevo sentado ante una pantalla tecleando, y de que en el hombre que escribe estas líneas, subsiste el mismo chico que a los doce años se desveló leyendo un cuento, aterrorizado por el incesante tic tac de un reloj.

Por: Igor Collazos

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