Antropología del genio

A

JUAN CARLOS FLORES MENDOZA

…Recuerdo que el hambre, que hasta ese momento comenzaba a ser una silenciosa incomodidad, súbitamente se desvaneció, como una suerte de inútil y deficiente hechizo, cuando penetré aquella atmósfera de hediondez.

Existe una manera particular de concebir al hombre dedicado a la creatividad. Aquel que transfigura su imaginación en una inacabada obra de infinitos matices con la que muchos se solazan espiritual e intelectualmente. Para los que no ejercemos el oficio de la creación artística, en cualesquiera de sus múltiples expresiones, nos resulta asombroso el que existan seres tan enigmáticos, tocados por el hado de la sublime genialidad; les atribuimos cualidades que lindan con lo divino, lo místico y lo sagrado, maneras excepcionales que solo muy pocos son dignos de hacer carne, poner en acto, traducirlas en una palpable y misteriosa realidad. En todo ello se juega la construcción de un estereotipo, un canon que se enquistó desde que la modernidad trajo consigo una cosmovisión acerca del hombre y su entorno, las portentosas facultades que se derivan de la razón como instrumento de conocimiento y de dominio de la naturaleza. Este estereotipo, usufructuado astutamente por algunos miembros de la comunidad artística, se encuentra tan arraigado en el imaginario de las sociedades que resulta imposible desembarazarse del lastre metafísico que se oculta tras el exagerado fervor que se le rinde a una persona -el culto a la personalidad- de carne y hueso cuya única virtud radica en dedicarse a una actividad que requiere, como cualquier otra, talento, disciplina y un tanto de genialidad. Confieso, no sin experimentar cierta vergüenza que, en mi caso, hasta hace algunos años logré discernir, con penosa reticencia, lo que se juega verdaderamente en la obnubilada admiración hacia algún personaje de esta ralea, esa servil e innoble pleitesía que lo único que demuestra son los complejos, las insuficiencias, las taras de aquellos que se eclipsan ante la presencia de alguien que juega a ser el “artífice de lo maravilloso”.

Cuando conocí a Paco Ignacio Taibo II, yo era un palurdo y pretencioso muchachito (aún lo sigo siendo, solo que ya no soy tan joven) presa de cualquier estratagema intelectualoide. Le conocí en su casa, allá en la calle de Atlixco de la colonia Condesa. Mis ínfulas de escritorzuelo underground, hacían de mí un ser de una comicidad difícil de superar, un alma quijotesca, engreída y absurda que, desesperadamente, ansiaba la gloria y el reconocimiento en tan mitificada profesión. Fue a través de unos amigos, que en ese momento formaban parte de un colectivo dedicado a la promoción cultural, como trabé relación con aquel escritor de singular carisma. Aquella tarde de septiembre, mis camaradas me habían convocado a una cena para concretar un proyecto que estábamos cabildeando con diversos sectores de la sociedad. Al llegar a la dirección que me habían proporcionado -una casa modesta, más no carente de atractivo, ubicada en una de las colonias más representativas en el ambiente intelectual-  toqué el timbre sin sospechar, siquiera lo que me aguardaba en aquel siniestro lugar.

Abrió una mucama joven y sin contratiempos, con una cortesía desmedida, me invitó a pasar. Entré y fui conducido por unas escaleras que desembocaban en un primer piso. Conforme iba ascendiendo, pude percibir un fuerte y desagradable olor a cigarro mezclado con un aroma que no logré identificar, un olor que iba de lo rancio a lo acedo, de lo echado perder a lo inmundo. En las paredes que custodiaban las escaleras, había pequeñas repisas sobre las que descansaban gran cantidad de libros. Cuando llegamos al final del corredor, vislumbré una sala muy amplia donde se encontraban, de pie, aquellos camaradas; revisaban, con espíritu de arqueólogos profesionales, los documentos en los que se detallaban los pormenores de nuestro proyecto. En uno de los sillones estaba sentado, en actitud de abotagado monarca, carente de ornamentos suntuosos más no de pomposidad, Paco Ignacio Taibo, fumando un Romeo y Julieta y bebiendo, de cuando en cuando, un refresco de cola envasado en botella de vidrio. Se levantó lentamente -su lentitud se debía al notorio sobrepeso- sosteniendo su cigarrillo con la mano derecha y caminó hacia donde yo, envanecido y jadeante, para saludarme, supongo, por mera cortesía. Se llevó el cigarrillo a los labios y, al tenderme la mano, me concedió un fuerte abrazo; inmediatamente pude reconocer el acre olor rancio que había percibido cuando iba ascendiendo por las escaleras. Era un olor nauseabundo y espeso, una fetidez que delataba un acendrado desaseo, el consumo inmoderado de carnes rojas y una perniciosa afición al tabaco.

Recuerdo que el hambre, que hasta ese momento comenzaba a ser una silenciosa incomodidad, súbitamente se desvaneció, como una suerte de inútil y deficiente hechizo, cuando penetré aquella atmósfera de hediondez. De la cocina, que estaba a un costado de la sala, salió su mujer. Paloma traía una charola de suculentos bocadillos que, de no ser por aquella fulminante pestilencia, habría devorado sin ningún viso de educación. Se acercó a una mesa de mármol, a un costado del sillón donde estaba Paco, colocó la charola que traía en las manos y volteó, dirigiendo su plomiza mirada hacia mí. Se aproximó extendiendo su mano derecha y me saludó con un beso en la mejilla; al rozar su mofletudo cachete, un mechón de sus rubios cabellos se interpuso entre mi nariz y su rostro que brillaba, pese a la escasa iluminación del espacio, por la excesiva acumulación de mugre. Despedía el característico hedor de una cabellera inmunda y descuidada; por lo menos, sin temor a ser exagerado, aquella dama llevaba una semana sin ducharse. Lo digo con absoluta certeza porque en algún momento de mi vida, cosa de la que no me ufano en lo absoluto, llegué a pasar varios días, movido por una suerte de anarquía hedionda, sin tocar el agua ni siquiera para cepillarme los dientes. El aroma que emanaba aquella altiva y gordinflona mujer, era idéntico al de Paco. Se había configurado entre ambos  cierta mímesis, por tantos años de “amorosa convivencia”, una suerte de complicidad tan profunda que se advertía hasta en los escasos hábitos de higiene. Ese primer encuentro generó en mí, una turbia y abominable impresión, pasé la velada con el estómago revuelto. Al finalizar la cena, de la que no probé bocado alguno, salimos de su casa. No me atreví a realizar ningún comentario de lo ocurrido.

Transcurrieron algunos meses más y volvimos a reunirnos en casa de los Taibo. En esta ocasión nos habían convocado a comer un sábado por la tarde. Recuerdo que esa vez tomé mis debidas providencias: comí en mi casa antes de salir a la cita y me tomé una pastilla para prevenir las náuseas.

Al llegar me preparé psicológicamente para lo que me esperaba dentro. Entré, saludé cortésmente a los que se encontraban congregados, y me senté en uno de los elegantes sillones que se encontraban distribuidos en la sala de estar. Volví a percibir la macabra fetidez del primer encuentro, solo que, en esa ocasión, para colmo de mi risible suerte, también pude identificar, del lugar donde me encontraba sentado, un inconfundible olor a pies sudorosos, un olor tan añejo y penetrante que se había impregnado en la superficie del sillón. Supongo que algún miembro de la familia solía recostarse en aquel infame lugar. Traté de ignorar esa dificilísima y pesarosa circunstancia, concentrándome en la charla; en realidad, esta vez me olvidé de la jactanciosa verborrea que solía destilarse con cierto dejo de escandalosa y simulada fraternidad, dedicándome a observar los gestos, los ademanes, las miradas de los Taibo. Pude advertir que aquella afabilidad, aquella actitud “condescendiente y solidaria” con el pueblo, no era sino una sofisticada pantomima, un ardid ampuloso, un simulacro cuidadosamente estudiado, en definitiva, puro circo. El carisma de Paco, caracterizado por el desenfado y la flamígera elocuencia, no es un atributo infuso, natural, propio; esa empática gracia que suscita en algunos se debe al charlatanismo, a la impostura, a la artística engañifa que ejecuta de manera magistral y desvergonzada porque todo timador, todo gárrulo verdadero -aquel que asume proféticamente su oficio- es un profesional del engaño. Paco posee, sin duda, una simpatía animosa y un carácter apasionado, sin embargo, cuando se le observa cuidadosamente, cuando se escudriñan sus gestos y su comportamiento no verbal, uno puede advertir, tras aquella desgarbada y congénita hediondez, su verdadera naturaleza: un espíritu burgués disfrazado de populacho, ataviado con las ropas, las maneras y el lenguaje de los desposeídos. No pongo en tela de juicio sus dotes de narrador de historias, no. Lo que sí me parece inadmisible, es su talante protagónico, su postura grandilocuente, su actitud desparpajada -notoriamente falsa- de “intelectual de izquierda”; un izquierdoso exquisito que critica acerbamente lo que finalmente él es: un hombre de clase media, con una mentalidad estrecha y ultraconservadora.

Después de algunos encuentros más, me alejé para siempre de aquel “prominente” y nada pulcro personaje; poco a poco la imagen del “insigne escritor”, defensor de las “causas más nobles”, se fue difuminando de mi conciencia. A partir de aquella experiencia, dejé de admirar a nadie. Lo que deslumbra, lo que encandila de los “hombres de genio”, no es sino el vaporoso espejismo de una dudosa y malograda magnificencia.

Cuento acreedor de una mención honorífica por el tono mordaz que utiliza en un ambiente distópico, degradante y metaliterario. Un texto que se enfila hacía el ensayo con imágenes muy bien logradas.

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